Jak mohou obrazovky pomoci žákům se speciálními potřebami, aniž by přebíraly vedení učení? Digitální zařízení mohou podpořit přístup k obsahu, usnadnit komunikaci, nabídnout individuální tempo a zpřístupnit výuku pomocí vizuálních, zvukových i interaktivních prvků. Důležité je však, aby technologie zůstala nástrojem v rukou pedagoga a nenahrazovala aktivní zapojení dítěte, jeho samostatné myšlení ani přímou lidskou podporu.
Las pantallas pueden ayudar a los alumnos con necesidades especiales sin liderar el aprendizaje cuando se usan como herramientas educativas y no como simple entretenimiento. Esa es la idea que defiende la pedagoga Meira Koponen, que pone el foco no en el tiempo de uso, sino en el modo en que se integran en el aula y en casa. Según explica, el debate no debería centrarse en si hay pantallas o no, sino en si su uso aporta algo concreto al aprendizaje.
El problema no es la pantalla, sino cómo se utiliza
Tablets con libros de texto, pizarras digitales, portátiles y dispositivos que también forman parte del ocio diario de los estudiantes han convertido la presencia de las pantallas en algo habitual dentro y fuera del colegio. A ello se suma, en muchos centros, una corriente de rechazo a lo digital. Koponen señala, sin embargo, que no todas las experiencias con pantallas son equivalentes: no es lo mismo consumir contenidos de forma pasiva en una plataforma algorítmica que usar una herramienta estructurada en una sesión guiada por un profesor con un objetivo claro.
La pedagoga sostiene que, tras la pandemia, las pantallas se volvieron omnipresentes para comunicarse, entretenerse, relacionarse y también enseñar. Ese contexto, dice, ha impulsado una reacción de rechazo en el ámbito educativo que puede ser saludable si conduce a decisiones más conscientes, pero no si deriva en un rechazo generalizado. En su opinión, *si no es mejor hacerlo de forma digital, no debe hacerse de forma digital*.
La inclusión en el aula depende del diseño de la herramienta
Para Koponen, muchas herramientas digitales no solo facilitan la inclusión de niños en el aula, sino que también pueden mejorar su aprendizaje por la flexibilidad que ofrecen a alumnos y docentes. En un contexto en el que el número de alumnos con necesidades especiales se ha multiplicado, considera que cualquier recurso que facilite el acceso al contenido debería ser bienvenido. Rechazar por completo las herramientas digitales, advierte, también implica perder funciones valiosas.
Entre esas funciones menciona la retroalimentación inmediata, la accesibilidad y la posibilidad de practicar en casa al propio ritmo. En muchos casos, estas opciones marcan la diferencia entre poder acceder a la lección o no. Además, subraya que, dentro de estas herramientas, no hay redes sociales ni interacción con desconocidos, por lo que no equivalen a tener acceso a internet abierto.
Las pantallas no deben ser un premio
Uno de los errores más habituales, según la pedagoga, es convertir el tiempo frente a la pantalla en una recompensa. Cuando un dispositivo se presenta como un premio por terminar la tarea o portarse bien, termina asociado al entretenimiento y no al aprendizaje. Koponen insiste en que las pantallas deben plantearse desde el principio como herramientas educativas, del mismo modo que un lápiz, un libro de texto o materiales manipulativos de matemáticas.
También considera importante la forma en que el profesor introduce el recurso. No es lo mismo explicar que se usará una herramienta para comprobar lo aprendido que ofrecer el ordenador solo si la clase termina antes de tiempo. En el primer caso, se trata de una instrucción vinculada al objetivo de aprendizaje; en el segundo, de un incentivo.
La diferencia entre un dispositivo escolar y un móvil personal
Otro de los puntos que destaca Koponen es que las pantallas en el colegio deben estar gestionadas por la escuela y no confundirse con un smartphone o una tablet personal. Las primeras funcionan dentro de una tarea definida y con un docente al mando de la sesión, mientras que los dispositivos personales no cuentan con la misma estructura ni con límites claros, aunque el hardware sea similar. Por eso, explica, el debate sobre la prohibición de los teléfonos inteligentes en las aulas es independiente del que afecta a las herramientas digitales de enseñanza.
Un recurso clave para alumnos con discapacidad
En el caso de los alumnos con necesidades educativas especiales, este enfoque resulta todavía más relevante. Para muchos de ellos, la herramienta digital no es un complemento ni una recompensa, sino una vía de acceso. Koponen cita ejemplos como niños con parálisis cerebral, autismo o trastornos del lenguaje, para quienes estos recursos pueden ser indispensables no solo para aprender, sino también para comunicarse con sus compañeros o con el profesor.
Entre las funciones que menciona están la lectura en voz alta, las preguntas con imágenes y la posibilidad de responder sin hablar en voz alta. Según explica, estas opciones permiten que algunos alumnos se incorporen a la clase. Si las pantallas se relacionan con el entretenimiento dentro del aula, esos estudiantes pueden perder una ayuda esencial.
Herramientas flexibles para aulas inclusivas
Antes de incorporar estas soluciones en clase, especialmente cuando hay un alumno con discapacidad, Koponen recomienda a los docentes preguntarse qué quieren que los alumnos comprendan o sean capaces de hacer y, después, comprobar si una herramienta digital ayuda mejor que la alternativa. Si la respuesta es sí, debe utilizarse; si no, conviene buscar otro recurso. *Las pantallas deben seguir el objetivo de aprendizaje, no liderarlo*, resume.
En la actualidad existen numerosas aplicaciones y programas diseñados para trabajar habilidades concretas, dirigidos a alumnos con TDAH, autismo, dislexia o trastornos del lenguaje. Pueden ser útiles en casa, en terapias o en aulas específicas, pero en entornos inclusivos, como las aulas ordinarias con alumnos con discapacidad o con trastornos del aprendizaje, la pedagoga de Kahoot! prefiere herramientas generales y accesibles para todos. En su opinión, cuando se crea una versión separada para necesidades especiales, se abandona el principio de diseñar para todos y se abre una vía paralela que tiende a ser desigual.
La clave, según explica, está en desarrollar herramientas flexibles que permitan adaptarse a necesidades distintas dentro de una misma clase. Un alumno con TDAH, otro con dislexia y otro con autismo pueden necesitar apoyos diferentes en una misma actividad, algo que una herramienta etiquetada para un perfil concreto no siempre resuelve. Por eso, defiende incorporar todos los elementos de accesibilidad posibles para que los use quien los necesite.
Accesibilidad, formación y experiencias compartidas
Entre esos elementos figuran la lectura en voz alta para alumnos con dificultades lectoras, el alto contraste para quienes tienen problemas de visión, las preguntas basadas en imágenes y audio, la navegación con teclado, la compatibilidad con lectores de pantalla, la opción de silenciar sonidos para estudiantes sensibles a estímulos auditivos y la posibilidad de eliminar el temporizador para priorizar la respuesta y no la velocidad.
Kahoot! cuenta además con una sección dedicada a la educación especial en la que los profesores pueden encontrar recursos, ejemplos e inspiración de otros educadores que han adaptado sus herramientas a las necesidades de sus aulas. La propia compañía reconoce que, a menudo, la mejor orientación no procede de los creadores, sino de docentes que comparten lo que les funciona en la práctica.
Para sacar el máximo partido a estas herramientas, Koponen recomienda formación, tiempo de exploración y atención a funciones como los modos de juego, los ajustes de accesibilidad y los formatos colaborativos. La pedagoga también destaca los seminarios web mensuales en los que profesores explican cómo utilizan Kahoot! en sus clases, incluidas las de educación especial, una vía de aprendizaje práctico que, según señala, suele resultar más útil que la formación formal diseñada por la propia compañía.